LA HABITACIÓN QUE NO EXISTÍA: LA PUERTA QUE APARECIÓ UNA NOCHE EN MI APARTAMENTO

PARTE 1 — LA PUERTA

Hay cosas que uno puede explicar con el tiempo.

Una tubería que hace ruido.

Una ventana que se mueve con el viento.

Una sombra que parece una persona cuando la luz está apagada.

Durante mucho tiempo pensé que todo tenía una explicación.

Hasta aquella noche.

Me llamo Elena y vivo en un apartamento relativamente pequeño. No es un lugar antiguo ni tiene nada particularmente extraño. De hecho, lo elegí precisamente porque era tranquilo.

Llevaba casi seis años viviendo allí.

Conocía cada rincón.

Sabía dónde estaba cada interruptor, dónde crujía el piso y hasta qué parte de la pared recibía la luz de la calle después de medianoche.

Por eso todavía me cuesta aceptar lo que vi.

Aquella noche estaba buscando mi teléfono.

Había estado trabajando hasta tarde y, cuando terminé, fui a la cocina para preparar algo de tomar.

Fue entonces cuando vi una puerta.

No una puerta que estuviera abierta.

Una puerta que simplemente no debería haber existido.

Estaba al final del pequeño pasillo que conectaba mi sala con la cocina.

Me quedé mirándola varios segundos.

Era de madera oscura.

Tenía una manija metálica y un marco perfectamente terminado.

Lo más extraño era que detrás de esa pared siempre había estado la parte exterior del apartamento.

No había ninguna habitación.

Ningún espacio.

Ninguna puerta.

Pensé que estaba cansada.

Me acerqué.

Toqué la pared.

Era real.

Volví a mirar la puerta.

También era real.

Saqué mi teléfono y comencé a grabar.

No sé por qué.

Tal vez porque necesitaba demostrarme a mí misma que aquello estaba ocurriendo.

Me acerqué lentamente y coloqué la mano sobre la manija.

Estaba fría.

Demasiado fría.

Entonces escuché un pequeño sonido al otro lado.

Como si algo hubiera caído dentro.

Retiré la mano inmediatamente.

Durante unos segundos pensé en llamar a Daniel.

Daniel es un amigo cercano y una de las pocas personas a las que podía contarle algo así sin que pensara que estaba perdiendo la cabeza.

Finalmente lo llamé.

No le expliqué demasiado.

Solo le dije:

“Necesito que vengas.”

Cuando llegó, le mostré la grabación.

Al principio se rió.

Después dejó de hacerlo.

Se acercó a la puerta y observó el marco.

Luego miró hacia la pared.

—Elena, aquí debería estar tu cocina.

Eso fue exactamente lo que yo había pensado.

Sacó su teléfono y abrió una fotografía del apartamento que habíamos tomado meses antes.

La pared estaba allí.

Sin puerta.

Sin habitación.

Solo una pared blanca.

Daniel se quedó varios segundos mirando la fotografía.

Después me preguntó:

—¿La abriste?

Le dije que no.

Y entonces cometí el error que todavía recuerdo.

Abrí la puerta.

Detrás había una habitación.

Pero no parecía una habitación abandonada.

Parecía una habitación que alguien había preparado para nosotros.

Las paredes tenían un color amarillento.

Había una lámpara antigua.

Una pequeña mesa.

Y un cuadro colgado al fondo.

Pero lo más extraño era que no había polvo.

Todo parecía intacto.

Como si alguien hubiera cerrado aquella puerta hacía unos minutos.

Daniel entró primero.

Yo lo seguí.

Y entonces vimos el cuadro.

Era una fotografía.

Daniel se acercó.

Yo sentí que se me congelaba el cuerpo.

La fotografía mostraba la misma habitación.

Pero había dos personas dentro.

Daniel y yo.

Nosotros.

Parados exactamente donde estábamos en ese momento.

PARTE 2 — LA FOTOGRAFÍA

Lo primero que pensé fue que alguien nos estaba observando.

Pero había algo todavía peor.

La fotografía parecía antigua.

Los colores estaban ligeramente desvanecidos.

La imagen tenía pequeñas marcas, como si hubiera permanecido guardada durante años.

Daniel tomó el cuadro.

Lo giró.

No había fecha.

No había nombre.

Nada.

Solo una pequeña inscripción escrita detrás.

“NO ABRAN LA PUERTA DOS VECES.”

Nos miramos.

Ninguno de los dos dijo nada.

Daniel quería salir.

Yo también.

Pero entonces observé nuevamente la fotografía.

Había un detalle que no habíamos notado.

En la imagen, Daniel aparecía mirando hacia una esquina de la habitación.

Pero nosotros no estábamos mirando hacia esa esquina.

Todavía.

Porque la fotografía mostraba algo que en ese momento no existía.

Una pequeña silla junto a la ventana.

Miramos hacia la ventana.

No había ninguna silla.

Daniel dijo que debíamos irnos.

Yo estaba de acuerdo.

Retrocedimos hacia la puerta.

Entonces escuchamos un sonido.

Tres golpes suaves.

No venían de la puerta.

Venían del interior de la habitación.

Los dos nos quedamos quietos.

Daniel encendió la linterna de su teléfono.

La luz recorrió las paredes.

Nada.

La mesa.

Nada.

La ventana.

Nada.

Después apuntó hacia la esquina que aparecía en la fotografía.

Y allí estaba.

La silla.

La misma silla.

No estaba allí unos segundos antes.

Ahora estaba apoyada contra la pared.

Daniel me miró.

—¿La viste?

Asentí.

No quería acercarme.

Pero algo llamó mi atención.

Sobre la silla había un sobre.

Era blanco.

Completamente limpio.

Tenía mi nombre escrito.

ELENA.

No mi apellido.

Solo mi nombre.

Daniel me pidió que no lo tocara.

Yo tampoco quería hacerlo.

Pero entonces escuchamos otro ruido.

Esta vez detrás de nosotros.

Nos giramos.

La puerta seguía abierta.

Pero el pasillo del apartamento ya no estaba.

Al otro lado había otra habitación.

Una habitación idéntica a aquella.

Daniel abrió los ojos.

Yo sentí que no podía respirar.

Habíamos entrado por una puerta.

Pero ahora parecía que la puerta conducía a otro lugar.

Retrocedimos.

Daniel tomó mi mano.

Y en ese momento miré nuevamente la fotografía.

La silla aparecía ahora ocupada.

Pero no había nadie sentado allí.

Solo una sombra.

Y esa sombra parecía estar mirando directamente hacia nosotros.

PARTE 3 — LA PREGUNTA

No recuerdo exactamente cómo salimos.

Solo recuerdo caminar hacia atrás.

Daniel tomó la manija.

Tiró de ella.

La puerta se cerró.

Esperamos unos segundos.

Después la volvimos a abrir.

El pasillo había regresado.

La cocina estaba exactamente donde debía estar.

La puerta había desaparecido.

Solo quedaba la pared blanca.

Pensamos que todo había terminado.

Nos equivocamos.

Al día siguiente regresé al mismo lugar.

La pared estaba intacta.

No había ninguna marca.

Ni siquiera una línea que indicara que alguna vez hubo una puerta.

Daniel insistió en que no volviéramos a hablar del asunto.

Yo intenté hacer lo mismo.

Pero había algo que no podía olvidar.

La fotografía.

Yo había tomado una fotografía rápida del cuadro antes de salir.

La revisé esa mañana.

La imagen seguía en mi teléfono.

Pero ahora había un detalle diferente.

La silla ya no estaba vacía.

Había alguien sentado en ella.

No podía distinguir el rostro.

Solo podía ver una silueta.

Lo peor fue descubrir algo más.

La persona tenía puesta una camisa verde.

La misma que yo llevaba cuando entré a la habitación.

Se lo envié a Daniel.

Me llamó inmediatamente.

No dijo hola.

Solo preguntó:

—¿Tú también lo estás viendo?

Le dije que sí.

Entonces me contó algo que nunca me había dicho.

Antes de mudarse a mi edificio, había escuchado una historia sobre ese lugar.

Un antiguo inquilino había asegurado que algunas habitaciones aparecían durante la noche.

Nadie le creyó.

Se fue del edificio unos días después.

Nunca explicó por qué.

Daniel me dijo que probablemente debíamos dejar el apartamento.

Yo quería pensar que todo tenía una explicación.

Tal vez alguien había creado una habitación oculta.

Tal vez había una falla en la construcción.

Tal vez la fotografía era una broma.

Cualquier explicación era mejor que aceptar lo imposible.

Esa misma noche decidí revisar nuevamente la pared.

No había puerta.

Pero escuché algo.

Un golpe.

Muy suave.

Después otro.

Y finalmente un tercero.

Me acerqué.

Puse mi mano sobre la pared.

Y escuché una voz.

No entendí las palabras.

Pero reconocí el sonido.

Era mi propia voz.

Me alejé inmediatamente.

No volví a tocar la pared.

Al día siguiente dejé el apartamento.

Todavía no sé qué había detrás de aquella puerta.

Tampoco sé quién tomó aquella fotografía.

Pero hay algo que todavía me inquieta.

La última fotografía que tengo guardada en mi teléfono fue tomada después de abandonar el apartamento.

No muestra la pared.

No muestra la habitación.

Muestra el pasillo.

Y al fondo…

se ve nuevamente la puerta.

Esta vez está entreabierta.

Y alguien está parado detrás.

No puedo distinguir quién es.

Pero lleva una camisa verde.

La misma que llevaba yo aquella noche.

¿Ustedes entrarían por esa puerta si apareciera en su casa?